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EL "IMPUESTAZO": UNA ESTRATEGIA SIN CONCERTACIÓN
El
8 de febrero, al filo de la medianoche y después
de 10 horas de discusión, el Consejo de Ministros presidido
por el Presidente de la República, aprobó el
proyecto de Ley Financial para la gestión 2003. Los
objetivos previstos fueron tres: Primero, masificar el plan
"Obras con Empleos" en todo el país a través
de la inversión de más de 5.000 millones de
bolivianos en 3.000 proyectos. Segundo, beneficiar a las regiones
con la ejecución de obras municipales - y en algunos
casos nacionales - incrementando 150 millones de bolivianos
a los presupuestos de los departamentos y 100 millones de
bolivianos a los municipios. Tercero, crear las condiciones
de estabilidad económica, de equidad en la distribución
de los ingresos, de balance entre ingresos y egresos y, finalmente,
manejar rigurosamente el gasto fiscal.
Para cerrar
la brecha del déficit fiscal -nudo gordiano del Presupuesto
General de la Nación (PGN) el gobierno proyectó
la reducción del 10% a los gastos burocráticos
de los tres poderes del estado, la reducción en 0,5
por ciento a los impuestos al consumo (IVA) y a las transacciones
(IT) y la aplicación de un impuesto directo al salario
del 12.5% a los 337 mil contribuyentes que ganan un salario
superior a los 881 bolivianos. Para controlar la evasión
tributaria, los nuevos impuestos no podrían ser descargados
a través de facturas: la deducción sería
directa y en efectivo.
Fue una decisión
equivocada. La estrategia del gobierno priorizó criterios
técnicos y burocráticos, ciertamente influidos
por las políticas del Fondo Monetario Internacional
(FMI), en desmedro de una lectura apropiada del contexto social
y político del país. Aunque no afectaba directamente
a la mayoría de la población boliviana, el nuevo
régimen tributario perjudicaba a grupos sociales de
importante influencia política como los empresarios,
los obreros, los maestros, los profesionales y los empleados
del Estado. Tampoco evaluó correctamente su fuerza
política para imponer a priori una medida traumática
en un escenario atravesado por los conflictos sociales no
resueltos en las mesas de diálogo. Finalmente tampoco
consideró la crisis de autoridad estatal acumulada
durante la anterior gestión gubernamental. En suma,
los efectos no buscados por las decisiones gubernamentales
- el motín de la policía, entre otros - fueron
más importantes que los objetivos deseados.
Niveles de
representación cuestionados
El
martes 11 de febrero en la madrugada, efectivos de los
distritos policiales Nº 2 y 4 de la ciudad de La Paz
cerraron sus cuarteles. Nadie patrullaba la ciudad. A las
15.00 se supo que había estallado un motín.
Un número indeterminado de jefes, oficiales y suboficiales
de la policía se unieron para asumir la extrema medida
de presión, que inicialmente giraba en torno al incremento
en sus salarios.
Las demandas
de los policías abarcaron los siguientes puntos: el
incremento salarial del 40%; la elevación del bono
alimenticio trimestral; la eliminación de los aportes
a la Cooperativa de Vivienda de la Policía (COVIPOL);
la devolución de los aportes al Club Litoral; el mejoramiento
de la infraestructura; la dotación de colchones, catres,
ponchos y equipo policial y el cumplimiento de obligaciones
postergadas como la dotación de víveres anuales,
uniformes y los sueldos de enero.
Sin embargo,
en las horas siguientes, la acción de la Policía
se convirtió en una confusa sedición contra
el gobierno demandando la anulación del "impuestazo"
y la renuncia de algunos ministros.
El Grupo Especial
de Seguridad (GES), ubicado en los alrededores de la Plaza
Murillo, se convirtió en el cuartel general del motín
al cual llegaron efectivos policiales de Tránsito,
Bomberos, Brigada de Protección a la Familia, los Pumas
(seguridad para el área de Palacio de Gobierno y Poder
Legislativo) y representantes de los distritos policiales
Nº 3 y 4. Las únicas unidades que trabajaron fueron
la PTJ, la FELCN, el PAC y Radio Patrullas 110. Resulta claro
que en La Paz y El Alto la medida contó con el respaldo
de las unidades más importantes.
En Santa Cruz
y Sucre policías de bajo rango decidieron apoyar a
sus colegas de La Paz y determinaron acuartelarse y en Cochabamba
se solidarizaron con sus camaradas pero sin adoptar medidas
de presión.
La reacción
tardía del gobierno y la sub valoración del
acontecimiento constituyeron grandes errores políticos
que precipitaron el uso de la violencia. Aunque el Comandante
de la Policía, Gral. Edgar Pardo, actúo como
intermediario entre los amotinados y las autoridades, el Ministro
de Gobierno, Alberto Gasser expresó contundentemente
la posición oficial: No se negocia bajo presión.
En la mañana del 12 de febrero, el Viceministro
José Luis Harb, declaró que en la Policía
todo está en calma.
El
12 de febrero se desencadenó el peor escenario
posible. Alrededor de las 10.00, una marcha de policías
ingresó a la plaza Murillo. A las 11.30 estudiantes
del Colegio Ayacucho lanzaron piedras contra el Palacio Quemado
y fueron aplaudidos por los policías que manifestaban
en los alrededores. Los militares que se hallaban dentro de
Palacio salieron a los balcones para lanzar gases y fueron
replicados también con gases desde el GES. Poco después
de las 12.00 empezó el enfrentamiento armado. Un contingente
de aproximadamente 1.000 militares armados con fusiles FAL,
M-16, lanzacohetes, ametralladoras, revólveres, lanzagases,
carros de asalto y vehículos livianos ingresaron desde
la calle Ayacucho hasta la Plaza Murillo y lanzaron gases
hacia el interior del edificio del GES.
Aunque el mayor
David Vargas, el jefe de la Casa Militar, general Hugo Tellería
Gutiérrez y el Ministro de Defensa, Freddy Teodovic,
intentaron negociar una tregua, militares y policías
comenzaron a intercambiar disparos.
Así comenzó
el combate por el control de la plaza Murillo. En algunos
edificios se apostaron militares que dispararon contra los
policías que se hallaban en el techo de la Cancillería.
Allá cayeron los primeros muertos. Según un
periódico, varios francotiradores del Ejercito tomaron
los techos del Palacio de Gobierno, el Congreso y la misma
Catedral Metropolitana para disparar a los policías
y a eventuales transeúntes. En la esquina formada por
las calles Colón y Comercio empezaron a caer policías
con impactos de bala; por su parte, los amotinados hicieron
fuego desde los techos contra los militares que custodiaban
el Palacio Quemado.
A las 15.00,
a través de un mensaje televisivo, el Presidente anunció
el retiro del proyecto de Ley Financial y ordenó replegarse
a las Fuerzas Armadas y a la Policía. No obstante,
los disparos de armas de fuego y gases lacrimógenos
recién cesaron a las 18.00.
Once
policías y cuatro militares fallecieron y se reportaron
60 heridos. Nos mataron como a perros, dijo un policía
en Santa Cruz al día siguiente La mayoría de
los heridos y los muertos que fueron trasladados de la plaza
Murillo al Hospital de Clínicas de La Paz, tenían
heridas en la cabeza, el cuello o en las extremidades inferiores.
Este tipo de heridas fueron causadas por balas de guerra disparadas
aparentemente por francotiradores. No obstante, el Ministro
de Defensa negó que el Ejercito haya empleado ese cobarde
recurso.
Entrada la noche
un grupo de policías, liderados por el mayor David
Vargas y los responsables de la Asociación Nacional
de Suboficiales, Clases y Policías, entró en
contacto con miembros del gabinete para negociar el pliego
petitorio. Después de una reunión que duró
más de nueve horas, los amotinados obtuvieron un acuerdo
cuyos puntos más importantes fueron: un bono mensual
de seguridad ciudadana de 250 Bs, la suspensión de
aportes obligatorios del 12% a COVIPOL, indemnizaciones de
10.000 $us por cada policía muerto, la entrega de equipo,
uniformes y la construcción de nuevos ambientes policiales.
Las unidades policiales recién aceptaron el convenio
al día siguiente.
El Presidente
Gonzalo Sánchez de Lozada transmitió otro mensaje
para reflexionar sobre el esfuerzo claro
que hubo para desestabilizar la democracia. Habló de
un plan para derrocarlo y asesinarlo. En la misma vena,
en una conferencia de prensa el Vicepresidente Carlos Mesa
atribuyó los hechos al pandillerismo político
y agregó que todo enlaza dentro de una estrategia.
La acción
de la policía no fue obra y fruto del azar. Durante
la Guerra del Agua, en abril del 2000, se produjo una situación
parecida: los policías lograron un importante incremento
salarial aprovechando un escenario de conflicto social que
acrecentó su poder de negociación. A fines de
enero del 2003 oficiales y suboficiales de la institución
policial plantearon públicamente algunas demandas gremiales.
Otro elemento importante en la organización del motín
es la fortaleza de sus organizaciones gremiales y corporativas.
Según el Mayor Vargas, líder del movimiento
y presidente de la Corporación Multiactiva Policial,
la presencia de un grupo generacional de oficiales
con estudios superiores fue clave para concientizar
a sus camaradas y organizar el motín. Estos hechos
muestran que hubo una intencionalidad y una estrategia, aunque
nadie calculó el desenlace armado.
El desborde
social
Entre
las 17.30 y las 00.30 del 13 de febrero, las ciudades de La
Paz y el Alto vivieron otro escenario de guerra civil. El
resultado fue trágico: 15 personas murieron y al menos
134 fueron heridas, entre civiles y personal médico.
El enfrentamiento entre policías y militares, apaciguado
al final de la tarde, fue sustituido por otro tipo de violencia,
protagonizada por una multitud de personas que inicialmente
presenciaban el combate militar sin intervenir directamente.
Paulatinamente, los grupos formados en los alrededores de
la plaza Murillo empezaron a actuar según una lógica
propia.
Los incendios
y saqueos comenzaron aproximadamente a las 17.00 horas, cuando
un grupo de personas atacó e incendió el edificio
del Ministerio de Trabajo; poco después fueron incendiados
los edificios de la Vicepresidencia, el Ministerio de Desarrollo
Sostenible, el Tribunal Militar, la Corte Superior de Justicia
y las sedes del MNR, el MIR y la UCS. El canal estatal fue
tomado por manifestantes quienes también apedrearon
la red Bolivisión. La multitud se apoderó de
las calles del centro de La Paz.
Durante la noche
la multitud asaltó decenas de comercios y empresas
privadas. La furia colectiva que inicialmente se estrelló
contra edificios públicos se transformó en robo
y saqueo de locales comerciales y empresas privadas. Los blancos
más importantes fueron la Cervecería Boliviana
Nacional, la tienda de juguetes Ismar, los cajeros automáticos
de las calles Comercio, Mariscal Santa Cruz y Sagárnaga,
tres sucursales de la tienda de calzados Bata y locales de
comida como Marbella's, Burger King y el Café Ciudad.
Después de las 23:00 horas los saqueos se extendieron
a toda la ciudad de La Paz afectando tiendas de artesanías
cercanas a la Plaza San Francisco, comercios de la Uyustus,
una sucursal del BancoSol en la calle América, tiendas
en la populosa zona de Gran Poder y algunas agencias de los
bancos Santa Cruz, Solidario, Mercantil, Unión, de
Crédito y Económico. Los vecinos de las calles
comerciales estuvieron en vigilia por más de 24 horas
y en algunos lugares se produjeron combates con los saqueadores.
En El Alto el
desborde de la multitud fue tan o más intenso que en
el centro de La Paz. Los objetivos fueron las oficinas públicas,
comercios y empresas privadas. La Alcaldía fue saqueada
e incendiada y 4 vehículos oficiales fueron quemados.
El Alcalde de El Alto, José Luis Paredes, dijo que
los vándalos eran universitarios de la UPEA
[Universidad Pública de El Alto] y pandilleros.
Entidades financieras de la avenida 6 de Marzo y de las oficinas
de Aguas del Illimani, Electropaz y de Toll S.A. fueron asaltadas.
La fábrica de gaseosas Embol, instalada en Río
Seco dejó 3 muertos y cuatro heridos después
de un asedio de más de 4 horas.
En Oruro y Cochabamba
también se produjeron desbordes. El centro de Oruro
fue ocupado por mineros, rentistas y decenas de jóvenes
que reventaron cachorros de dinamita en la Prefectura, la
sede de los partidos MNR y UCS y la brigada parlamentaria.
En Cochabamba la violencia comenzó después de
una masiva marcha y concentración de protesta contra
el "impuestazo" que comenzó a las 10.00 horas
y se prolongó con bloqueos de las calles céntricas.
Los puentes de la ciudad amanecieron militarizados. Decenas
de jóvenes intentaron tomar la Prefectura pero fueron
reprimidos. Recién a las 14.00 aparecieron efectivos
del ejército y ocuparon la Plaza Principal para impedir
el ingreso de los manifestantes, que se ubicaron en las cuatro
esquinas desde donde los hostigaron. Los soldados se limitaron
a defenderse de las piedras que eran lanzadas por los grupos
de manifestantes, en su mayoría estudiantes universitarios.
Grupos de jóvenes asaltaron la tienda Bata de la plaza
principal y la mueblería Maderman mientras otro grupo
numeroso saqueó e incendio la sede del MNR e intentó
saquear la sede el MIR. Las oficinas del grupo Sánchez
Berzaín también fueron saqueadas.
El
jueves 13 de febrero nuevos elementos se introdujeron
al conflicto. Mientras los tanques de guerra del Regimiento
Tarapacá se instalaron en la Plaza Murillo para proteger
el Palacio de Gobierno. Una masiva concentración de
la COB pidió la renuncia del Presidente. Diversos sectores
sociales y políticos, incluyendo al MAS y al MIP, se
reunieron en la Plaza San Francisco para expresar su rechazo
a la política económica y social del Gobierno.
Sin embargo, las manifestaciones no fueron violentas. El objetivo
de la movilización fue la renuncia del Gonzalo Sánchez
de Lozada. Pese a las diferencias que tenemos, campesinos,
mineros y trabajadores nos encontramos unidos hoy para derrotar
a este gobierno vende patria, señaló en
su discurso el líder del MAS, Evo Morales. Saturnino
Mallcu, Ejecutivo de la COB, manifestó que Este
Gobierno ha demostrado su incapacidad para atender las demandas
sociales, por lo que debe irse. Algunos grupos radicales
del magisterio llamaron a Derrocar al Gobierno asesino
con las armas en la mano, para instaurar nuestro propio Gobierno.
En otro frente, los cocaleros bloquearon la carretera Cochabamba-
Santa Cruz. La medida de presión se realizó
en varios tramos del camino, lo que originó que los
militares del Cuartel de Chimoré y de la Novena División
del Ejército procedan a desbloquear la vía desde
las primeras horas con el saldo de un campesino muerto y 4
heridos. Las movilizaciones del 13 de febrero, superpuestas
y acaso confundidas con las acciones de los días precedentes,
fueron organizadas por los partidos y organizaciones sociales
opositoras con la intención de reconducir políticamente
el conflicto, ensamblando la dispersión de demandas
sociales en torno la renuncia del Presidente. No obstante,
el acuerdo entre el gobierno y los policías y el retiro
del proyecto de la Ley Financial impidieron la profundización
de la crisis y la consigna de renuncia no prosperó.
En los aciagos
días de febrero se yuxtapusieron y se combinaron distintas
formas de violencia. Primero, la violencia empleada por los
militares para contener el motín policial tuvo una
naturaleza táctica y formó parte de una reacción
defensiva del gobierno para asegurar el monopolio de la violencia
legítima. Sin embargo, la peligrosa militarización
de los conflictos sociales, que ya se puso en evidencia en
los bloqueos de enero, hacen pensar que el gobierno ha privilegiado
una estrategia de contención militar para neutralizar
las acciones directas de los actores colectivos en detrimento
de una estrategia de concertación social que aparentemente
pondría en riesgo su proyecto político y económico.
Segundo, el
motín de la policía y el recurso a las armas
reveló, por una parte, la ruptura de las cadenas de
mando y obediencia en el seno de las instituciones estatales
(crisis de autoridad) y, por otra parte, la emergencia de
una forma de acción colectiva estratégica que
utilizó una gama de recursos - la violencia, eventualmente
- para lograr sus reivindicaciones en una coyuntura crítica,
que tenía la virtud de potenciar su capacidad de presión.
Tercero, la
violencia de la multitud tuvo un carácter desorganizado
o descentralizado y combinó acciones simbólicas
de desobediencia al Estado, expresadas en el saqueo e incendio
de instituciones públicas y oficinas de los partidos
de la coalición, con actos de saqueo y robo a la propiedad
privada. La violencia social es muy compleja. Ella puede expresar
tanto la ineficacia de un sistema normativo y de un orden
simbólico, aquel construido en Bolivia desde 1985,
como el debilitamiento del lazo social. En todo caso, el desborde
de la multitud en febrero no fue una insurrección popular
organizada para trastocar un orden estatal como en abril de
1952. No fue obra de una voluntad política centralizada
que converge en un proyecto estatal alternativo, sino el resultado
de una pluralidad de voluntades e intereses sociales que reflejaron
la fragmentación de la sociedad y que se manifestaron
en el curso de un momento político inédito -
caracterizado por el vacío de autoridad - con la brevedad
pero también con la intensidad de un relámpago.
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