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EL INSTRUMENTALISMO PARTIDARIO
Los
conflictos del 12 y 13 de febrero revelaron una vez más,
el agudo proceso de crisis por el que atraviesan los partidos
políticos en relación con sus funciones de representación
y mediación, - pero también en su capacidad
propositiva y de conducción política - y aunque
sostienen haber aprendido una importante lección como
producto de estos acontecimientos, persisten en la reproducción
de comportamientos que acentúan su deterioro.
Si bien después
de los sucesos de febrero, la primera reacción de los
partidos de la coalición gubernamental fue la de apoyar
las medidas de austeridad planteadas por el Presidente, cuando
se produjo la crisis de gabinete, emergieron disputas internas
e intereses particulares. Así, el nuevo gabinete es
expresión de la reproducción de los juegos de
poder de los partidos para preservar sus espacios en el gobierno.
A esta lógica también responde la presencia
de la UCS en el gabinete y los cuestionamientos del MBL respecto
a su permanencia como socio de la coalición. En todo
caso, expresan el predominio de una cultura política
instrumental que antepone intereses particulares a los objetivos
colectivos de lo político orientados a la búsqueda
del bien común.
Otra de las actitudes
que se manifiesta después de los enfrentamientos, es
el surgimiento de discursos críticos y alternativos
al interior de la coalición. Es el caso de Jaime Paz
Zamora que, desmarcándose de la línea del discurso
presidencial, retomó algunos temas de su propio programa
de campaña referidos a la necesidad de revisar la capitalización
o a la defensa de los recursos naturales y la economía
nacional, debilitando aún más la ya desgastada
coalición gobernante.
Pero, los discursos
alternativos y críticos surgieron también desde
el interior de los partidos de la coalición, cuestionando
las políticas estatales y la actitud de sus dirigentes.
Por ejemplo, en el MNR, emergieron al menos cuatro tendencias
políticas identificadas con líderes intermedios
de ese partido y en el caso del MIR, afloraron discursos que
refuerzan o amplían posiciones críticas que
ya se habían manifestado con anterioridad, como el
caso de Doria Medina. Resulta que uno de los factores más
vulnerables de la actual crisis político institucional
del Estado, reside precisamente, en el comportamiento de los
partidos políticos que después de casi veinte
años de vigencia de la democracia, mantienen sus anquilosadas
estructuras partidistas en torno a liderazgos caudillistas
insustituibles y sus entornos de poder, impidiendo cualquier
posibilidad de renovación e institucionalización.
Del mismo modo, en su paso por la gestión pública
han propiciado, en muchos casos, actos de prebendalismo, patrimonialismo
y corrupción. Esta forma de hacer política ha
sido cuestionada por las dirigencias intermedias de los partidos
gobernantes, pero en los hechos y a pesar de que estos discursos
revelan una importante autocrítica y la necesidad de
un cambio, no han logrado plasmarse ni en las políticas
gubernamentales, ni en un cambio de actitud y comportamiento
de los liderazgos.
Por su parte,
los principales partidos de oposición han utilizado
la coyuntura crítica para potenciar sus posiciones
particulares capitalizando los errores y debilidades del oficialismo.
En sus distintos discursos han esgrimido la incapacidad del
gobierno, su inoperancia e inconsistencia. En ese sentido,
en su acción política desde el Parlamento, han
descalificado sus iniciativas y han impulsado un juicio de
responsabilidades y una serie de impugnaciones contra los
ministros involucrados en la masacre de febrero. El eje de
su discurso político, sin embargo ha sido la insistente
demanda de renuncia del Presidente.
Sin embargo,
entre los dos más importantes partidos de oposición
existen diferencias sustanciales. La NFR, durante e inmediatamente
después del desborde de febrero, asume el protagonismo
indiscutible de su líder bajo la autopercepción
de que si Manfred hubiese tenido la oportunidad de llegar
a la presidencia, nada de esto hubiera ocurrido; en ese sentido
retoma nuevamente sus impugnaciones ante la Corte Nacional
Electoral por fraude en las últimas elecciones y recupera
elementos de su discurso electoral.
En tanto que,
el MAS persiste en una posición ambigua entre su rol
político institucional y sindical cocalero. Desde el
parlamento, protagoniza una oposición política
radical y cuestiona las bases del actual modelo económico
y político, evaluando la crisis como de Estado, de
estructura y de modelo. En ese sentido propone la conformación
de una Asamblea Constituyente Popular de Naciones Originarias
para, desde ahí y con la participación efectiva
del pueblo, cambiar el rumbo de las políticas nacionales.
Sin embargo, en el ejercicio de su rol sindical cocalero,
propone volver a las mesas de diálogo y negociación
sectorial, soslayando los sucesos del 12 y 13 de febrero consciente
que las movilizaciones, bloqueos y marchas cansan y provocan
pérdidas humanas, priorizando claramente los intereses
de sus bases sindicales.
Finalmente, el
líder del MIP, que al mismo tiempo también ejerce
como dirigente sindical, aprovechó la situación
para presionar al gobierno y obtener beneficios para su sector
y si bien no se involucró directamente en los acontecimientos
de febrero, mantuvo un discurso de oposición radical,
censuró los actos de represión y las tibias
medidas asumidas por el Presidente y sostuvo que con las lecciones
de febrero el gobierno está menos alzado. Finalmente
manifestó su molestia ante la actitud gubernamental
de atender las demandas de sectores como la Policía
y las Fuerzas Armadas y no así de los campesinos, porque
que ellos tienen armas y nosotros no.
En definitiva,
tanto los partidos de la coalición gobernante como
de la oposición, continúan reproduciendo una
cultura política instrumental que prioriza lógicas
e intereses particulares y carece de capacidad para comprometerse
y generar propuestas políticas integrales y renovadoras.
Alta dispersión
y fragmentación social
Resulta
que, en los enfrentamientos del 12 y 13 de febrero, se pasaron
por alto los problemas previamente existentes en el país.
Por tanto, después de esos sucesos las demandas y medidas
de presión de los distintos sectores sociales son progresivamente
retomadas cual si no hubiese pasado nada; puesto que no se
observa un cambio ni en los objetivos y estrategias de los
sectores sociales, ni en la actitud del gobierno, que continúa
con la racionalidad de dialogar pero sin resolver efectivamente
los problemas.
Así,
los cocaleros que se habían mantenido vigilantes durante
el enfrentamiento, vuelven a la mesa de negociación
y a las marchas de protesta, retomando los acuerdos preliminares
con el gobierno y solicitando esta vez un diálogo de
"alto nivel". Sin embargo, el posible punto de negociación
basado en la mantención de medio cato de coca mientras
se realice un estudio definitivo sobre el tema, llegó
a un punto muerto ante la presión de la embajada norteamericana
y la posición del gobierno de no negociar y, más
bien, establecer un nuevo plazo de 30 días para buscar
soluciones alternativas. Consecuentemente, se produjo una
ruptura del diálogo y los conflictos vuelven, esta
vez, con otro tipo de medidas de presión como los asaltos
a las sedes de desarrollo alternativo en el trópico
o, pese a todo, la decisión de seguir sembrando coca
en el Chapare. Esta situación denota un total estancamiento
en la negociación.
Por su parte,
los trabajadores en salud, retomaron su demanda de aumento
salarial del 25% y la otorgación de bonos y mejoras
económicas para su sector, propiciando una serie de
medidas de presión y movilización sectorial.
También el magisterio, que había iniciado medidas
de presión antes del enfrentamiento, retomó
con fuerza sus demandas de incremento salarial, auditoria
a la Reforma educativa y beneficios para su sector a través
de un paro de actividades y movilizaciones callejeras. A ellos
se sumaron algunos otros sectores como los desocupados y otros
actores sindicales como los jubilados que irrumpen permanentemente
en el escenario con demandas aisladas y sin mayor alcance
colectivo que el de la resolución de sus propias reivindicaciones,
denotando una alta fragmentación y sectorialización
de los conflictos.
Finalmente,
los sectores empresariales que después del 12 y 13
demandaron al gobierno la definición de sus políticas
económicas y la reactivación, también
adoptaron posiciones divergentes. Mientras desde su Confederación
asumieron una actitud crítica y de censura al gobierno,
reuniéndose inclusive con sectores de la oposición
política, algunas de sus Federaciones como la cochabambina,
intentaron más bien consensuar con el Presidente algunas
propuestas de salida a la crisis.
El único
punto de convergencia de algunos de estos sectores después
de los conflictos del 12 y 13 fue la demanda de renuncia del
Presidente, pero sin generar al mismo tiempo, una propuesta
política y social colectiva que implique una salida
democrática y efectiva a la crisis.
Las entidades
que, de alguna manera, intentaron aglutinar las demandas sectoriales
o pretendieron plasmar un objetivo político a partir
de las movilizaciones de la sociedad civil son, por una parte
la Central Obrera Boliviana que desde hace dos décadas
atraviesa por un agudo proceso de declinamiento y por otra,
el Estado Mayor del Pueblo que no termina de constituirse
en un actor colectivo. De esa manera, si bien la COB reaccionó
inmediatamente después de los enfrentamientos convocando
a un paro de 48 horas en contra del modelo económico,
no logró un impacto a nivel nacional y más bien
reveló su desgaste y desarticulación interna.
Es el caso también
de la CSUTCB, actualmente desgastada y fraccionada, que se
limitó a demostrar su disconformidad por la entrega
parcial de tractores y se pronunció contra la posible
eliminación del Ministerio de Asuntos Campesinos. Argumentaron
que esa cartera se creó con luchas que costaron
sangre, muerte, heridos, viudas y huérfanos... este
ministerio es de los campesinos indígenas originarios,
por ello estamos en pie de lucha y no permitiremos la supresión.
Esta racionalidad demuestra pragmatismo y sectorialismo
en su acción y discurso.
Por otra parte,
los enfrentamientos dieron origen a una nueva organización,
la Asociación de Víctimas de la Masacre del
12 y 13, que solicitó un sueldo vitalicio y la destitución
del Ministro Carlos Sánchez Berzaín. Este sector,
ante la displicencia gubernamental, semanas después
realizó una huelga de hambre en el Parlamento pidiendo
atención a sus demandas.
En tanto que,
la multitud que protagonizó las jornadas de febrero
se diluyó en una masa anónima, amorfa y teñida
de vandalismo y violencia, sin conducción ni sentido
político, pero que sin embargo, permanece latente hasta
que una nueva coyuntura, le permita arremeter contra una estructura
social y un Estado, en el que no se siente incluida y menos
representada.
En síntesis,
nos encontramos ante una sociedad civil altamente dispersa,
fragmentada y sin capacidad proactiva para generar espacios
de debate, consenso y posibles propuestas de reversión
de la crisis. Una sociedad civil simplemente centrada en la
resolución de sus reivindicaciones particulares.
Para
terminar, no se puede dejar de considerar el rol de las entidades
mediadoras y los intentos de diálogo que se realizan
entre sectores sociales y el gobierno para buscar alternativas
a la crisis. Por una parte, la constitución de las
siete mesas de trabajo instaladas en enero con la participación
de representantes del gobierno y los sectores sociales sobre
los temas que más preocupan al país como el
gas, el ALCA o el problema de la tierra, pero que no demuestran
avances significativos. Esta inoperancia refuerza la desconfianza
en este tipo de mecanismos de negociación y su consecuente
desgaste.
Por otra parte,
entidades mediadoras como la Iglesia y la Asamblea Permanente
de Derechos Humanos, después del conflicto han intentado
organizar pactos o cumbres sociales para lograr consensos,
pero hasta ahora, han tenido muy poca receptividad en los
sectores sociales y, tal como están planteadas, no
prometen resultados positivos y verificables. El problema
es que, ante la ausencia de alternativas, han comenzado a
tomar fuerza iniciativas autoritarias como posibles salidas
a la crisis.
Probablemente
más que nunca, es necesario imaginar nuevas estrategias
de consenso que garanticen el proceso democrático y
al mismo tiempo que impliquen avances colectivos en la construcción
de alternativas.
Ante la crisis
de representación y mediación de los partidos
políticos, la sociedad civil ha optado por estrategias
de auto representación pero que, como pudimos constatar,
no logran romper los límites de su asilamiento y su
visión parcial de la realidad. La sociedad civil es,
por naturaleza, una pluralidad conflictiva y dispersa pero
también es definida como un escenario de escenarios.
En esa medida se constituye en una esfera pública o
espacio de la vida social en que los actores colectivos expresan
sus intereses y valores. Es acción colectiva, concurrencia
de solidaridades y procesos de comunicación que logran
incidir en el sistema de decisiones, en el marco de un orden
legal o reglas del juego compartidas.
El problema
es que, en nuestro caso, ante la inoperancia del sistema institucional
y sus mecanismos, estas restricciones normativas son normalmente
rebasadas por los actores de la sociedad civil, es decir,
parecería que se ha generalizado la desobediencia civil
como parte de la cultura política, como lo demuestra
fehacientemente el desborde de la multitud durante el 12 y
13 de febrero. Pero al mismo tiempo, se expresa en el retorno
fragmentado y disperso a las reivindicaciones y estrategias
sectoriales y en cierto modo pragmáticas, propiciadas
por los actores sociales y demuestra la ausencia de una visión
colectiva de sociedad civil como espacio público o
como construcción de comunidad.
Por tanto será
necesario replantear este desencuentro entre lo social y lo
político, así como redefinir los mecanismos
institucionales democráticos que permitan su acercamiento
e interrelación.
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