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CONCLUSIONES
Para
comprender la naturaleza y los alcances tanto de la crisis
política como del proceso de fragmentación social
- rasgos centrales de la coyuntura - es necesario, en un primer
momento, sacar conclusiones sobre las estrategias y las posiciones
de los principales actores durante los conflictos de enero
y febrero del 2003.
El gobierno
cometió graves errores políticos tácticos
que en vez de neutralizar los conflictos contribuyeron a profundizarlos.
Primero, el recurso del diálogo fue empleado de una
manera instrumental sin solucionar los problemas de fondo
y, sobre todo, sin reconocer las razones de los sectores sociales.
Segundo, en un marco de extrema conflictividad, agudizado
por el fracaso del diálogo, el gobierno intentó
imponer medidas financieras traumáticas, sin concertar
con los grupos sociales afectados y, por tanto, sin contar
con respaldo político. Tercero, la decisión
de militarizar los conflictos precipitó la violencia
con un alto costo de vidas humanas y aisló políticamente
al gobierno hasta tal punto que el ejército es la única
institución que sustentó al gobierno y al Estado
boliviano. Algo más: los errores no fueron contingentes,
sino la consecuencia de una estrategia política construida
sobre una premisa falsa, asimilar las actuales condiciones
del ejercicio del poder en Bolivia con el contexto político
favorable que rodeó al primer gobierno de Gonzalo Sánchez
de Lozada. La valoración incorrecta de la correlación
de fuerzas y de las condiciones actuales incidió negativamente
en las decisiones adoptadas. Finalmente, a pesar de los acontecimientos
de enero y febrero, el Presidente y sus ministros hasta la
fecha no han dado mensajes fuertes y claros de un cambio de
estrategia, incrementando la incertidumbre sobre el futuro
político del país.
El motín
de la policía formó parte de una acción
colectiva estratégica para lograr reivindicaciones
sectoriales, particularmente el aumento de salarios. Los
policías eligieron deliberadamente un momento político
conflictivo para desplegar sus demandas porque ese contexto
incrementó su poder de presión y negociación.
Sin embargo, su acción reivindicativa se convirtió
en un confuso movimiento sedicioso en contra del gobierno
cuando atacaron el Palacio Quemado. Este hecho reveló
una profunda crisis de autoridad en el corazón del
Estado y se manifestó en la ruptura de las cadenas
de mando y obediencia.
Las posiciones
de los partidos políticos, tanto de la coalición
como de la oposición, durante los conflictos de enero
y febrero reprodujeron una cultura política instrumental
y pragmática que priorizó lógicas e intereses
particulares y careció de la capacidad de comprometerse
y generar propuestas políticas integrales y renovadoras.
El Parlamento
fue rebasado por los acontecimientos y demostró, una
vez más, sus grandes limitaciones prácticas
para representar los intereses de la sociedad civil y para
mediar en los conflictos sociales, reduciendo su acción
a las disputas tácticas entre los partidos de la coalición
y la oposición.
El desborde
social tuvo un carácter desorganizado y combinó
acciones simbólicas de desobediencia al Estado, expresadas
en el saqueo e incendio de instituciones públicas y
oficinas de los partidos de la coalición y robo a la
propiedad privada. La violencia de la multitud expresó
tanto la ineficacia del sistema normativo y de un orden simbólico
como una pluralidad inédita de voluntades e intereses
sociales que no convergieron en un proyecto estatal alternativo.
Expresó también el rechazo desorganizado y simbólico
a la falta de capacidad de las instituciones y partidos para
dar respuestas a las profundas necesidades sociales.
En todo caso,
la evaluación del desempeño de los protagonistas
tanto sociales como políticos no puede hacerse sin
un breve análisis del patrón básico de
conflicto, enfrentamiento y resolución en la sociedad
boliviana que encierra una doble tensión: por una parte,
el tiempo político que vincula a las dinámicas
político-institucionales (Gobierno, partidos políticos,
etc) tiende a desplazar hacia delante los conflictos mediante
el uso instrumental del diálogo. Por otra parte, la
estabilidad se construye siempre en el tiempo corto que, dada
su naturaleza, bloquea la posibilidad tanto de instituciones
y actores de cimentar una cultura política basada en
la responsabilidad y una racionalidad estratégica que
sea más propositiva que reactiva.
Finalmente, el
desborde social y los intentos de generar proyectos colectivos
con un objetivo político o propuesta alternativa, en
la medida en que no terminan de germinar, no trascienden sus
planteamientos aislados, dispersos y carentes de una dimensión
societal integradora.
Dos conclusiones
generales.
Más
allá de las estrategias y de los comportamientos circunstanciales
de los actores proponemos dos conclusiones generales para
caracterizar la coyuntura: la crisis política y la
fragmentación social.
Por una parte,
la crisis política implica la descomposición
de la autoridad estatal (expresada en el motín de la
policía), el profundo deterioro de las instituciones
democráticas (inoperancia del parlamento) y los desajustes
en los procesos de producción y fiscalización
de las decisiones. Asimismo, como se ha demostrado, la crisis
política involucra también graves distorsiones
en las funciones de representación, mediación
y liderazgo de los partidos políticos.
Por otra parte,
constatamos un proceso de fragmentación de la sociedad
civil que si bien es, por naturaleza, una pluralidad conflictiva
y dispersa, también constituye una esfera pública
en la cual los actores colectivos expresan sus intereses y
valores, reconociendo ciertas reglas del juego. Estas reglas
fueron rebasadas por los actores de la sociedad civil, como
lo demuestra el desborde social del 12 y 13 de febrero. La
dispersión de las reivindicaciones y estrategias sectoriales
durante y después de la crisis demuestra la ausencia
de una visión colectiva de sociedad civil como espacio
público, como construcción de comunidad.
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